Amigo, el destino ha querido que no compartamos un mismo tiempo. No te he visto crecer, ni he sentido en mi piel tu leño lleno de vida. No disfruté de tu sombra ni me fue posible conversar contigo, aunque quizás no nos hubiésemos entendido porque tú no eres un hombre y yo, a mi pesar, no soy un árbol. Sólo queda de tí esta “exuvia suberosa”, seca y carcomida, que hoy acaricio con mis dedos y en la que aller corría con fuerza la nutritiva savia. 

         Te observo abatido sobre el camino, como si fueras un poderoso titán derrotado, y pienso que quizás no hayas muerto,... pienso..., que en el momento preciso y necesario abandonaste tu cuerpo leñoso para completar un ciclo vegetal de vida que ha culminado en una metamorfosis invisible. 

         ¿En qué te has convertido, Hermano?  ¿A qué lugar te marchaste?

         ¿Acaso en las bellas mariposas habitan los espíritus de aquellos viejos árboles que tuvieron buenas vidas? 

         Has vivido mucho más tiempo que la mayoría de nosotros, los seres animados, y durante todos esos años has colmado tu esencia de hechos, acontecimientos, desgracias, alegrías, penas, y un sinfín de experiencias ajenas, propias y personales.  Has nacido, crecido, amado – porque estoy seguro que vosotros también os enamoráis – y, finalmente, tu corteza yace en el mismo lugar en donde respiraste por primera vez. Creo que fuiste todo lo feliz que se puede pedir, y la vida te ofreció esa sabiduría que sólo nos proporciona los errores y las amarguras.  Pero..., afirmaría sin temor a equivocarme, que regalarías gran parte de tu tiempo pasado por tener unas enormes y fuertes alas con las que poder llegar hasta esos parajes ignorados que existen allá en donde no alcanza la vista. Es posible que, como nos pasa a todos, tú también desees lo que no tienes, lo que desconoces, lo que no ves,... todo lo que no puedes.

         Sin embargo, Compañero, cuando yo finalice mi etapa humana quisiera, si me lo permitieran y ello fuera factible, ser lo que tú has sido: un fuerte y esbelto alcornoque que nace cobijado por el claro arroyo, en un estrecho valle de tensos equilibrios, en donde en invierno el viento de levante lo impregna todo con su densa niebla, hechicera y mágica. Desearía sustentar y proteger a innumerables generaciones de pajarillos, de insectos, de cándidas flores,...alguien que todo lo ofrece a cambio de nada, y que toma del aire, de la madre tierra y del astro sol, aquello que precisa.

         !Ser como tú ¡ 

         Para rasgar el sedoso velo y aprehender la única y verdadera realidad: el sufrimiento.

                                 

                                                                   

 10 de julio de 2016

Canuto del Puerto Oscuro - La Sauceda

Juan Delgado Muñoz