Esta tarde, cuando el sol estaba a poco de ocultarse, decidí salir con mi cámara y jugar con los últimos colores de La Caleta.

Todo parecía ir, poco a poco, eclipsando y declinando hacia unas tonalidades desvaídas que anunciaban las tinieblas. 

 

 Pero todavía tenía tiempo para impregnar el sensor de mi cámara con los postreros vestigios del día.

 

 La bajamar había empezado a dejar a la vista el arrecife, y pareciera que el océano se marchara por occidente en busca del sol.

 

Las tardes siempre me resultan, la mayor parte de ellas, melancólicas y tristes, pero en La Caleta todo es distinto.

 

 Cierta vez, yo paseaba por la playa y recogí una caracola blanca que me regaló una ola; fue una tarde de levante y tú conmigo estabas.