¡SIRENITA!

 

            La mar guarda en sus lejanos confines, allende el tiempo, todos los tesoros, los conocidos y los más íntimos y secretos. En el crepúsculo de la tarde los oculta, recelosa, tras un hiriente sol de poniente que triste languidece, y en la oscura noche sólo la memoria los recupera.

          Asomado por la borda, el continuo vaivén de las ciclópeas olas hacía estremecer el corazón del Corsario, y las nobles maderas de su Jabeque, al unísono, crujían impotentes con un sentimiento aterrador. El marino rememoraba en su mente unas lejanas playas de blancas arenas, impregnadas con el olor del ron, donde habitan morenas mujeres de justas y bien perfiladas curvas. Allá solía descansar, entre rojas y violetas fuentes saladas, en donde desahogaba tantos y tantos días de mar.

         Llevaba depositada sus esperanzas y frusraciones en lo más profundo de la bodega de su nave, en grandes y férreos bahúles que siempre le acompañaban como un equipaje imprescindible. Pero, ¡la mar!..., la mar le permitía descansar de sus pesares cobijándole en el amplio regazo de su soledad acogedora. Era la mar, para este hombre, la más hermosa de las Sirenas, y su canto adormecía sus sentidos y subyugaba su alma.

          –El horizonte me aleja de tí, ingrata y desconsiderada mujer de mis penas, y la mar, con sus solitarios días, me engaña y altera tus recuerdos hasta convertirlos en una nueva memoria muy distinta de lo que tu fuiste; una nueva mujer que huele como los Mares del Sur.

           El horizonte le parecía infinito y ello le hacía sentirse eterno. Si no fuera porque el sol aparece y desaparece cada día, podría pensarse que un tiempo consciente, para no ahondar aún más en las heridas, se hubiera detenido en los brazos de su Sirena.

 

  ¡Sirenita!


No receles de las rojas y violetas,

ni de las fuentes saladas.

No temas al color de la arena

de las playas blancas,

ni a sus perfiladas curvas.

Yo, siempre, volveré a tu lado.

En tu acogedor regazo

escucharé extasiado tu canto

y mi alma se subyugará de nuevo,

para descansar adormecida.

 

!Sirenita!

 

Contigo me siento eterno

y el tiempo muere de envidia

cuando me acurrucan tus brazos.

Ten por seguro,

que por muchos puertos

que en mi vida atraque

siempre volveré

buscando el cobijo de tus blancos senos.

 

!Sirenita!

(De "Rumbo a Ogygia")

 

15 de septiembre de 2.012

Juan Delgado